[Luego de una larga y placentera estadía en algún lugar]
Entre las piedras puedo escuchar una gota caer y desaparecer casi al instante, entonces sabemos que el calor del día se ha convertido en un riesgo.
Desde nuestro rincón sabemos que debemos partir si no queremos morir sofocados.
De pronto caemos en cuenta que salir es rozar las piedras con la piel desnuda, es quemarse, quedarse es cocinarse ahí bajo ellas.
Aún así hay aún cierta humedad conservada que si bien es cierto un día se evaporará por completo y no quedará nada de esa ligera paz.
Quedarse implica una muerte inminente, sólo que tardaría más o menos tiempo en llegar.
Tendemos por inercia a querer continuar en los estados presentes.
Te quedas, reniegas, te asustas, te duele poquito a poco cada vez más, hasta que la inercia -pero esta vez la de querer conservar ese estado llamado 'vida'- te mueve.
Te vas, te fuiste, te dolió, mucho, te lastimó, una parte de tí te dice que ya estás a salvo, la otra está adolorida, y una tercera está triste porque recuerda lo bien que se sentía estando ahí, tan fresco al inicio, tan caliente luego, después vino lo demás.
Igual nada de eso te hace sentir mejor.
Nada.